| El restaurante Buj posee una
acogedora cocina basada en un producto seleccionado. Emilio y Ángel
Buj pasaron por el Sant Pau y el Jaume de Provença antes de montar su
negocio. La carta, con cincuenta platos, varía cada día, y a pesar
de ello casi no ha cambiado desde hace veintiocho años.
Catalunya, además de lo que reza cierto
eslogan promocional, ha sido siempre tierra de acogida, como lo demuestran
los cientos de miles de personas venidos de otras regiones o de muchísimos
diversos países, a los que queremos, nos quieren y que en su inmensa
mayoría se han integrado totalmente a nuestra cultura, lengua, costumbres
y, cómo no, a nuestra gastronomía.
Los catalanes probablemente seamos menos
extrovertidos que los ciudadanos de otras zonas de nuestra piel de toro y
nos cuesta incorporar a nuestro círculo de amistades a personas a las que
no conocemos suficientemente. No obstante, cuando incorporamos alguna
nueva persona a nuestro círculo, la amistad y relación que establecemos
es realmente sincera, entrañable y no superficial.
Tronchón es un pequeño pueblecito del
Maestrazgo, provincia de Teruel, que actualmente cuenta con 94 habitantes
(47 hombres y 47 mujeres); muchos de ellos viven de la agricultura y la
ganadería, en especial de la producción de quesos.
En el año 1971, Emilio y Ángel Buj
decidieron dejar su Tronchón natal y trasladarse a Catalunya en busca de
mejores oportunidades. Su primer trabajo fue en el entonces modestísimo
restaurante Sant Pau de Sant Pol de Mar, propiedad de Julián Boix.
A los pocos años dejaron Sant Pol y
entraron a formar parte de la plantilla de uno de los más afamados
restaurantes de Barcelona en aquella época, el Jaume de Provença, cuyo
propietario, Jaume Bargués, era y sigue siendo toda una referencia en la
cocina catalana y Pilar Rich, su madre, una extraordinaria cocinera. Allí
aprendieron cocina y oficio, de modo que en el año 1981 decidieron
emprender una aventura profesional abriendo Can Buj en la calle Provença,
a escasos metros del Jaume de Provença. Ya desde su llegada se integraron
completamente a la tierra que tan bien los había acogido.
Su carta varía diariamente, y a pesar de
ello casi no ha cambiado desde su inauguración hace veintiocho años. Se
trata de una carta inusualmente larga, ya que consta de más de cincuenta
platos, además de otras veinticinco sugerencias de postres. Como decíamos,
sigue con casi idéntica carta con la que abrieron el restaurante, pero
varía diariamente según la pesca, que les llega directamente de Sant
Feliu de Guíxols, y de las ostras, mariscos, carnes, verduras y otros
productos que les seleccionan los mejores puestos de la Boqueria.
Entre los entrantes, 5 a Taula tomó unas
excelentes ostras, un pudding de escórpora, según añeja receta de Juan
Mari Arzak, una ensalada de habas, tiernas y exquisitamente porqueadas,un
foie gras de pato, unos calamares a la romana en su justo punto de cocción
y servidos con una mahonesa con un punto alto de sal, y unas “excelentísimas”
gambas.
Entre los pescados, disfrutamos de una
lubina al horno con unas exquisitas patatas panadera y de otra interesantísima
lubina a la pimienta verde, además de un entrecot a la plancha, al que
quizás le faltaba algo de temperatura. Otros platos muy aconsejables son
su bacalao con samfaina o con alioli, el lenguado a la plancha o relleno
de setas, los callos con garbanzos oel estofado de rabo de toro. De postre
nos sirvieron un flan de yogur con crema de frambuesa, un helado de
ciruelas al armagnac y un extraordinario flan de la casa.
En la bodega predominan los vinos tintos
de Rioja, que, según nos contaba Emilio, suelen ser los preferidos de su
clientela, pero en la carta -que por cierto no menciona las añadas- también
se relacionan 16 vinos blancos, 8 rosados, 17 cavas y 7 champanes.
El restaurante Buj es un establecimiento
con una numerosa y fiel clientela, como lo demuestra la asiduidad de los
comensales, pues muchos de ellos frecuentan el establecimiento desde su
inauguración. Dicha circunstancia se pone aún más de relieve los
domingos, donde la mayoría de las mesas las ocupa una clientela fiel que
se sienta a “su propia mesa”.
En definitiva, algo importante debe de
tener el restaurante Buj cuando, a pesar de la timidez y pocas palabras de
sus propietarios, estos se han ganado el afecto personal y culinario de la
sociedad gastronómica catalana.
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